No voy a negar que se estaba muy a gusto en la barriga de mamá, pero ya tenía yo ganas de estirar un poco las piernas. Además, ahí adentro se escucha todo lo que mamá dice, ¡cada poco me decía que tenía muchas ganas de conocerme!
El caso es que el cuatro de abril me puse manos a la obra y empecé el viaje de salida.
Sé que para mamá fue un día muuuy largo y que papá estuvo cagao todo el rato, pero no creáis que para mí fue nada fácil: todo el cuerpo de mamá se meneaba constantemente para que yo encontrase la salida.
En todo el tiempo que tardamos mamá y yo en vernos por primera vez se escuchaban voces de otras personas que estaban allí echándonos una mano. ¡Qué majos fueron todos! Algún día tendré que pasarme a verlos, tengo mucha curiosidad por conocer a Adrián, el matrón que ayudó a mamá en todo el parto.
Lo mejor de todo fue ver a mamá por primera vez. ¡Qué momento más emocionante!
Y la cara de papá era todo un poema…
Ese recuerdo no se nos olvidará a ninguno de los tres.
Después de nacer me pusieron muy pegadín al pecho de mamá; no sabía si comer un poco, si llorar de la emoción o, simplemente, si dejar que me quisiera mucho mucho.
Todo el mundo nos pregunta por lo grandote que fui, pero no fue para tanto: cuarenta y nueve centímetros, y tres kilos ciento veinte gramos de nada. ¡Ahora a ponerme dar guerra!